sábado, 11 de abril de 2009
.circo blando
la oscuresciente promesa de encontrarnos
un guiño hizo la noche apelmazada
dos o tres hizo, nos hizo
guardó la opacidad y el silencio en el rellano
y el desmayo te rodó por las escaleras
(cualquiera sabe que es un punto y coma
la promesa falsa nos veremos luego)
mientras, yo descalzo.
el cauce de las aguas de la alcantarilla,
un tendal de sueños que nos olvidamos
lilas absorbentes en tus cachetes inflados
oigo la distancia de las voces quietas
que prodigan versos, piedad y miseria...
(nadie más comprende nuestra alegría vana)
es un circo blando de miedo y amnesia
para que el mundo, carajo, no duela.
sábado, 4 de abril de 2009
Soneto para la virtud metonímica
se esconden tus ansias de nuevo mecenas.
Negás a los dioses sus dones de arena,
querés contagiarte virtudes prestadas.
Tus muecas y risas son exageradas,
tus apocalipsis de arroz y de avena
soslayan pesares de errantes sirenas
y hacen un altar a tu buen dios: la nada.
Para la conversación puertas cerradas.
Alabanzas para el que lidera cada
religión de adictos. Bien saben tus venas
las mortales bendiciones de cadenas,
los discursos que se entonan en balada
y tener la libertad siempre amaestrada.
viernes, 6 de febrero de 2009
yo digo
y unas manos anaranjadas, nada más
manos y voz… podía cantar y hacer palmas, pero no caminar
y las leyes lo atacaban pero menos
y siempre tenía un cielo distante para decir dos más dos
sacar cuentas de cosas lindas como enjambres
de tapiales de suburbios
cuando salía a pasear era mentira, no tenía pies
cuando le hacía el amor a su mujer, ella le era infiel
cuando bebía el vino espeso le llovía todo encima
entonces lo visitaba una sonrisa, sin aire ni piernas
unas narices con una colección de granos
y un fulgor amarillento y listo
el café con leche chorreando en la ventana
diluyendo las antenas del mundo gran mundo grandote
y él solo un nombre, con voz y manos, pero un nombre
inflando el pecho de globos verdes
sonrojando las miradas de los que las tienen
va soñando en voz alta y en manos firmes
mientras los campos se duermen y las veredas se visten.
jueves, 1 de enero de 2009
las malas mujeres
si las invitás a cenar
con sonrisas te dirán
qué gran idea has tenido, que no nos gane el olvido
pidamos dos jarras grandes con cerveza y con maní
mas esta noche no puedo, aunque sabés que te quiero
por esta noche prefiero jugar sola al tatetí
si las quisieras besar
piden besos, piden pan
piden dormirse la siesta y cuando acaba la fiesta
quedémonos abrazados como dos enamorados o salgamos por ahí
se van con su inconsistencia, quedás pidiendo clemencia
tu cordura y tu demencia pasan a ser frenesí.
yo que aprendí
que hay cosas inexplicables
que el marxismo son los padres
que no hay corazón que hable con gestos ni con la voz
hoy te diría
me quedé sin la poesía
no pido la hipocresía
de compartir una copa o milanesas con arroz
hay que poner corazón, carne en flor y salsipuedes
porque hay que ser varón para estar con las malas mujeres
domingo, 28 de diciembre de 2008
para dos voces (y una es disonante)
(y un yo)
que ahueca el peso de lo mustio
huecos musitados
musitratados
cuánto esperanto sin decir ¡yo!
sin mi yo yolleo lloriqueo
vulvigracia acroninfómana desdice
el maldecir deshecho en la desdicha
nada de esto me importa sin mi yo
un oso redondo y rozagante
un pincel agraviado por el muro
el florecer crujiente de un mundo menos mundo
donde el yo muere y me desmuere
y es todo tan vital y pataleante
domingo, 28 de septiembre de 2008
Yo soy tu emergencia
tu gol en contra, tu puta madre, qué hice…
tu llovizna en la cara, tus postergadas vacaciones,
soy la voz que te contesta que yo soy tu emergencia.
el orfanato donde te abandonaron
el bar donde te plantaron
la bandera que te hicieron creer que era tuya…
soy las ganas de matar que de dónde mierda sale
soy la piedra en tu zapato, la gota que te rebalsa encima
soy tu click en el botón cancelar que no responde,
soy el eufemismo que usás para no putear de frente…
soy la bala de plata que tenés guardada y dedicada,
soy tu borrachera maloliente y tu resaca
tu paja en secreto, tu poema en un cajón durmiendo
tu bolilla colgada saliendo del bolillero,
tu tirarte a la derecha y el penal que fue a la izquierda
tu falta envido no quiero y tu quiero vale cuatro
la paloma que mataste y los amigos que perdiste
tu disco rayado y tu abonado que está fuera de servicio
soy esa bola esponjosa que sentís moverse adentro
soy tu intento de suicidio y tu no llevar paraguas
el puto escote de tu ex que te dice estoy casada…
tu insomnio, tu patada al aire, tu berrinche
tu tablón de alfiles, tu enroque no cambia nada
soy esos pensamientos que no te dejan dormir…
por eso me odiás amándome y me amás odiando
y mi nombre te da miedo y caminás cantando.
domingo, 20 de julio de 2008
la pachorra
Todos estos comentarios pormenorizados para sostener una tesis tan insignificante no son sino un mero prolegómeno para inmiscuirnos de lleno en la vida de Remigio Lagagna. Hombre con un especialísimo talento y muy desarrollado para todas las cuestiones que versan con el ocio y la holgazanería, este humilde compatriota se dispuso a realizar un trabajo que beneficiaría a toda la sociedad. Como es sabido por todos o algunos, las grandes ciudades son sitios donde el ocio porta un exagerado valor y sin embargo (mejor dicho: a causa de que) escasea. Las gentes de esos lugares no se sienten preocupados por estas nimiedades y entonces, si no pueden vivir una vida plagada de aventuras, miran a otra gente por la televisión que les cuenta cómo es vivir esas vidas que esta gente desea con frenesí y ganaslocas; si no pueden comprarse una casa lujosa, piden a gritos que los millonarios o funcionarios o sobrinos de algún ex-intendente de un pueblo de 30 habitantes les muestren sus casas lujosísimas. Los descansos de estas gentes no escapan a esta lógica.
Remigio lo sabía y había montado un show que satisfaría las necesidades de estas personas. Montado un show es una forma de decir. Había puesto un cartel en la puerta de su casa y había pedido la colaboración de algunas tías y amigos para que cobren la entrada, acompañen al público y quizás acerquen un copetín. El show no merece mucha descripción: Remigio estaba en pijama todo el día, la escenografía era por lo general su pieza, si bien a veces pasaba a la sala, bostezaba, dormía siestas bastante largas, leía el diario (un rato, esto lo aburría enseguida) y veía un poco de tele (esta parte atraía en especial a algunos, porque suponía la interacción del artista con su público, ya que por lo general, éste le pedía a alguno de los que más se le acercaban que cambie los canales, para no tener necesidad de moverse de la cama). Ustedes ya lo saben: un éxito rotundo.
Uno de los pilares del éxito que tuvo Remigio en su original emprendimiento consistía justamente en no tener horarios fijos: “para descansar no hay hora” decía constantemente e incluso en una charla que dio desde su cama arengó: “Todos los animales cumplen con los ciclos según la naturaleza, nosotros en cambio a veces estamos del lado de la naturaleza y otras no tanto, a medias tintas. Sentimos el dolor y sacamos la mano del fuego, en esto somos como los animales; sentimos hambre y –por lo general- no nos levantamos de la mesa sino hasta considerar que lo hemos saciado, y seguimos animales; sin embargo, nos despertamos a la hora que nos lo ordenan nuestros aparatos electrónicos o mecánicos, los despreciables despertadores que intentan acabar con nuestra naturaleza. Pregunto a ustedes: ¿dónde vieron a un oso decidir durante una noche que mañana será mejor despertarse temprano porque entonces aprovechará para cazar su presa a la mañana, así después tiene tiempo de chequear su correo electrónico?” Tan vivaz discurso era digno de notarse en alguien poco acostumbrado a defender sus ideas con tanta energía; no obstante, al terminar su disertación, con los ojos entrecerrados y mirando a los concurrentes dijo “¿Preguntas?” y había preguntas, miles y miles de ellas, que Remigio jamás escuchó y dándose vuelta al tiempo que aferraba la almohada con todas sus fuerzas (que ya eran muy pocas) sólo dio por respuesta un estruendoso ronquido. Pero no sólo en la falta de horarios prefijados consiguió un firme apoyo su éxito; la personalidad de este trabajador verdaderamente incansable era garantía de resultados: un hombre con una fiaca extrema, a quien el sólo pensar en ejecutar alguna acción lo cansaba como si esa acción hubiese sido realmente ejecutada.
Poco a poco fue ganando renombre. La chirriante madera de la puerta de su casa no paraba de crujir en abrires y cerrares de público en vaivén, ya sea ávido de ver el show o de volver a su casa para imitar al maestro. Otros, como el vecino de enfrente, quisieron hacerle la competencia basándose en argumentaciones como el libremercado (lo que de suyo mostraba que el interés que se le deparaba al ocio no era el mismo, era éste un neg-ocio para ellos) e incluso cobrando las entradas bastante más baratas que Remigio. Pero se les notaba que lo suyo era pura actuación: era gente que se hacían los dormidos, o los cansados. Ninguno lograba un descanso de más de catorce horas seguidas, lo cual para Remigio era lo mínimo indispensable. Estos competidores fracasaron: nada más condenable que quien nos hace el papel de estar actuando naturalmente, sobre todo cuando se levanta de una holgazaneada de pleno derecho para ir a entrenarse para la maratón del pueblo.
Finalmente, sus seguidores más fieles creyeron ver en él algún mensaje o designio supremo; como suele suceder, no fue él quien comenzó su carrera hacia la ruina, sino sus más fervientes partidarios.
Una tarde se organizó en su nombre la Primera Jornada Nacional de Fiaca, Holgazanería y Ocio en un teatro del centro de la ciudad capital. Las muchedumbres se agolpaban contra las boleterías ese día de un modo tal que muchas adolescentes se desmayaban en medio de la cola y otros sudaban bajo sus pantalones del bienvestir. La pieza en la que se dejó ver Remigio una vez abierto el telón había sido la obra de una eminencia en escenografía. El público miró una vez, probablemente se rascó la cabeza un rato, miró otra vez, y frente a los ojos de Remigio (que no advirtió nada de esto por tenerlos más bien cerrados) se fue yendo despacito y bastante ordenadamente, al contrario de la entrada. Esa fue la última vez que pudimos ver desperezarse al artista de la siesta.
Tras el fracaso, Remigio no volvió a hacer los shows en su casa, ni en ninguna otra parte. No salía de su casa, no sabemos si por la decepción del fracaso o por la simple pereza que esto le despertaba. Se habló mucho sobre él en los días subsiguientes y fue olvidado injustamente muy rápido.
Varias hipótesis se alumbraron respecto del final anticipado de tan promisorio talento: una apuntaba a que su descanso en un teatro era un verdadero fraude. Ciertamente nadie se levantaría de su cama para movilizarse hasta un punto con el fin de descansar allí; muchos incluso repetían que Remigio había vendido sus ideales de inactividad. Otra, desligaba responsabilidades en terceros, y así se hablaba de la mala ubicación de la cama en el escenario, o del pijama poco creíble confeccionado por el vestuarista. Finalmente, otra hipótesis planteaba que estas exigencias de descanso continuo habían generado demasiada presión en Lagagna, quien habría sido víctima de los nervios a causa del estrés. Hasta lo más sublime, o lo más tranquilizante, termina siendo una pesada carga cuando se vuelve rutinario. Algunos en vez de todo eso, simplemente repetían el aforismo: “manjar de todos los días deja de ser manjar”.
Pareciera ser el deber del autor, luego de haber acompañado hasta este punto al lector, narrar o al menos sugerir cuál de estas causas provocó el ocaso del maestro del bostezo. Sin embargo, como una forma de homenaje a la insigne obra de Remigio Lagagna, voy a optar simplemente por un punto final y ¡a dormir!.
